miércoles, 16 de marzo de 2016

ÚTERO-Civilizaciones Olvidadas. L. G. Morgan

#13Capítulos13Semanas
CAPÍTULO VI
Página 3

Native American art. Aaron Paquette.
Native American art - Aaron Paquette

Al salir de la linde del bosque tuvo que detenerse un momento para animar a Laya a dar el siguiente paso. La tranquilizó como pudo, con suaves palabras, acariciando su rostro mientras volvía a prometerle que estaban haciendo lo correcto, que entre su pueblo se encontraría a salvo, que estaban juntos… Ella se dejó al fin conducir, mientras se decía que la suerte estaba echada y que no había vuelta atrás.
         El cielo se había oscurecido, preñado de nubes, y el aire era ominoso. A los pocos pasos comenzó a llover; primero fueron gotas livianas que apenas levantaban polvo del camino, pero enseguida se convirtieron en gruesos goterones que repicaban sobre hojas y piedras. La muchacha se quedó paralizada. La lluvia había sido hasta entonces solo un sonido para ella. Sentirla ahora, fría, sobre la piel, y verla brillar en cada rayo furtivo de luz, era una experiencia estremecedora. Sin poder evitarlo se quedó parada, olvidada de todo lo que no fueran las nuevas sensaciones, mirando hacia arriba y recibiendo el agua en la cara y en la boca abierta, estremecida de emoción, al punto que las gotas se mezclaban en sus mejillas con la sal de las lágrimas. Fue tan bello sentirse libre, aunque fuera por un momento... Luego Krom volvió a tirar de ella y la magia se desvaneció. Pero Laya, mientras le seguía y apretaba su mano, correspondiendo a la presión masculina, pensó que atesoraría aquellos preciosos segundos para siempre. Pasara lo que pasara, había conocido el inmenso y perturbador Mundo de arriba, algo que nadie podría quitarle.

Emprendieron entonces un trote corto y cómodo a instancias del joven, que sabía que no se sentiría a salvo hasta divisar las tiendas de los suyos. Aunque no dijo nada, por no alarmar más aún a Laya, tenía la desagradable sensación de ser vigilado en todo momento. Estaba seguro de escuchar ruidos de roces y carreras que nada tenían que ver con los animales salvajes o la respiración habitual de la naturaleza.
         No podía saberlo pero, a unos cientos de metros al este, se abría la única entrada exterior que existía en Takl-isten-Fao, por la que, en esos momentos, se preparaban para salir a la noche amedrentadora los Recolectores designados para darles caza.
         Obligó a Laya a acelerar el paso, hasta sentir que la muchacha se hallaba al cabo de sus fuerzas. Solo entonces le permitió detenerse unos segundos para recobrar el aliento. Y de nuevo retomaron la senda y corrieron para salvar la vida.
         El batir de unos pasos ajenos se hizo presente justo antes de doblar la última colina que dejaba a cubierto al poblado de Krom. Con un grito, empujó a la chica y él se detuvo un momento, lleno de una aprensión como nunca había conocido, no sabía bien qué esperaba encontrar pero estaba seguro de que sería algo terrorífico. La imagen de muchos hombres juntos, con la piel y los ojos de Laya, y armados con quién sabía qué instrumentos mortíferos y extraños, sería algo que seguramente nunca olvidaría.
         —Corre —le gritó desesperado—, corre sin parar hacia delante.
         En la oscuridad, la lluvia era como una cortina de apretadas cuentas que le volvía casi invisible. Forzó la vista y creyó distinguir a cierta distancia unas sombras agitadas que se acercaban con alarmante velocidad. No llevaban luces, evidentemente no las necesitaban; eran solo como un trozo de oscuridad más denso y trémulo que el resto. La única esperanza de Krom era que aquella gente no se atreviera a acercarse al poblado. No parecía un grupo tan numeroso como para hacer frente a los cientos de guerreros que componían su campamento. Así que, decidió, no tenía sentido presentar batalla, era mejor salir corriendo detrás de Laya y empujarla para llegar a tiempo. Sin perder un segundo más se dio media vuelta y en rápidas zancadas rebasó la colina, con los pulmones a punto de estallar. Alcanzó a Laya, volvió a tomarla de la mano y continuó la carrera hasta el límite mismo de las tiendas.

La aldea se hallaba menos bulliciosa de lo que era habitual, a causa de la lluvia. El fuego ardía en la casa de piedra comunal y delante de cada hogar, bajo los toldos de cuero que servían de antesala a las tiendas oblongas, hombres y mujeres se preparaban para la cena. Los chiquillos se movían apresurados entre las tiendas, realizando con diligencia sus cometidos de costumbre, pequeñas tareas como acarrear leña o traer agua, para correr a refugiarse cuanto antes entre sus mayores.
         Fueron los perros, como de costumbre, los que dieron la alarma, mucho antes de que Laya y Krom fueran visibles. Empezaron a ladrar con fuerza y unos cuantos, los que no estaban atados, se acercaron enfurecidos y rabiosos hasta el extremo del campamento por donde tenían que aparecer, instantes después, los dos jóvenes. Allí se pusieron a gemir y a aullar incomprensiblemente, con el rabo entre las piernas, como si algo muy extraño y peligroso se acercara desde esa dirección.


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