jueves, 17 de marzo de 2016

ÚTERO-Civilizaciones Olvidadas. L. G. Morgan

#13Capítulos13Semanas
CAPÍTULO VI
Página 4

Fantasy Art Featuring-Eve Ventrue
Sammyn-Madre de Krom
Fantasy Art Featuring-Eve Ventrue

La gente acudió en tropel desde todos los puntos del campamento, inmediatamente alertas ante la posible amenaza. Los hombres empuñaban arcos, lanzas y pesadas hachas de piedra, mientras las mujeres sujetaban a los niños hasta saber de qué se trataba. De entre el grupo de curiosos se destacó enseguida una mujer, esbelta y rubia, que estudió a los recién llegados con fijeza, con más ira que miedo en el semblante, al contrario de la mayoría, que aún se hallaba en suspenso sin saber muy bien qué pensar. La muchacha extraña que venía con Krom les tenía desconcertados, nunca habían visto a alguien parecido. Sin embargo la mujer alta que se había adelantado sobre todos los demás, señaló a Laya con un dedo acusador y empezó a gritar un montón de palabras violentas, que la muchacha no entendió pero que le sonaron inequívocamente hostiles.
         —Espíritu de las Sombras, aléjate de mi hijo —ordenó a grandes voces, mientras trataba de abalanzarse sobre la chica.
         Krom se interpuso de un salto entre las dos mujeres y trató de calmar a su madre.
         —Madre —medió con tono suplicante, mientras la tomaba por los hombros. Aunque la mujer era más alta que ninguna que Laya hubiera conocido, el joven guerrero le sacaba algo más de la cabeza—. ¿Qué estás diciendo? Es Laya, no es ningún espíritu, es una mujer de otra tribu que vive lejos de aquí.
         —Tú no sabes nada —le espetó su madre—. Mírala, ¿no ves sus ojos, su piel y esas ropas extrañas que la cubren? Aléjate de ella —ordenó mientras trataba de llevarle aparte, separándole de la muchacha. La miró con furia y exclamó—: Trae la perdición, está maldita como todos los Pálidos. ¿Acaso no ves que tiene el mismo aspecto de la Muerte?
         Krom no entendía de qué le estaba hablando, qué era eso de maldiciones y Pálidos que traen la muerte. Pero había aprendido desde niño a respetar las palabras de su madre. Ella era uno de los Soñadores que había en la tribu, miembros venerables a los que su gente rendía honores y de cuyo juicio dependían en todas las grandes cuitas.
         En todas las generaciones, en unas más que en otras, había personas que eran visitadas desde la infancia por sueños de poder. Solo estas personas sabían interpretar los signos del espíritu, incomprensibles para todos los demás; solo ellos podían anticipar hechos que debían suceder aún, o reconocían los malos lugares, o las malas épocas, o las malas alianzas.

Sorcerer-Gryphart-DeviantArt

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Otro de los Soñadores, un hombre muy viejo que ya no veía y apenas podía caminar, apareció entonces de improviso, atraído al parecer por la multitud. Se encaró con los recién llegados, y pareció examinarles largo rato con su mirada vacía. Luego habló en susurros, recitando las palabras con monótona cadencia, como si fueran parte de alguna de las canciones de la tribu, o de las profecías oscuras que les revelaban los sueños a otros como él.
         La amenaza y el odio que flotaban en sus palabras fueron penetrando en las mentes de quienes le escuchaban, infundiendo pavor en sus corazones y helándoles la sangre en las venas. O nublando su entendimiento.
         —Sammyn dice verdad, es una de ellos, del pueblo bajo la tierra, los hombres Pálidos. Fue anunciado que un día vendrían a por nosotros y no lo creímos —pronunció con su voz cascada pero imbuida de dignidad—. Cuentos de viejas, dijimos. Las leyendas nos advertían de que existen Espíritus que viven en la oscuridad, demonios bajo la Tierra. Espíritus lóbregos que odian la luz y a nosotros, sus hijos.
         »Historias para contar junto al fuego, volvimos a decir, mitos antiguos. Pues bien, ahora yo os digo: aquí tenéis, pueblo mío, a una de ellos. La prueba viviente de que nuestros mayores solo decían lo que es cierto.
         Esperó a que el mensaje calara en ellos.
         —Os lo diré una vez más —continuó—, escuchad ahora. Los Espectros Pálidos aparecen siempre en la noche, esa es su naturaleza, para robarnos las cosechas y a nuestros hijos. Y se los llevan a las profundidades para no regresar jamás. Son los que han hecho sus guaridas en las entrañas de la tierra, y atesoran allí las riquezas de las que despojaron a los hombres. Pero hay que ser un dios o un inmortal para entrar en sus moradas y no perecer.
         Entonces hizo otra pausa dramática y levantó los brazos al cielo:
         —Pueblo mío —gritó con voz estentórea, disfrutando de la total atención de la muchedumbre, seguro de su dominio sobre ellos—, los sueños nos han traído a esta mujer. Es un regalo que debemos agradecer. Porque, si no caemos bajo su influjo, si no nos sometemos a su poder maléfico, puede darnos la llave que nos permita conquistar su reino, el Reino de las Sombras.


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