sábado, 7 de mayo de 2016

ÚTERO - L. G. Morgan - CAPÍTULO XIII COMPLETO

Hacia el gran mar y la esperanza


XIII

El grupo presidido por Ekan de Lorr y Rama y Mervâ, mujeres de Maku, condujo a los fugitivos hasta uno de los respiraderos mayores de la ciudad. No había tiempo que perder, bien de cerca les seguían los que querían a los dos chicos muertos, pensando que de este modo podrían parar la venganza del dios.
         Ekan ayudó a Krom a encaramarse hasta el primer peldaño de la chimenea y le pasó un paquete improvisado que habían conseguido reunir para ellos, con ropa y algunos alimentos. Luego se dispuso a hacer lo mismo con Laya. La muchacha no sabía qué decir, hubiera pretendido, en los pocos segundos de que disponía, desangrar su alma en palabras para expresarles su agradecimiento inmenso a todos ellos. Pero la pena y la urgencia la embargaban, no era posible y lo sabía. Se abrazó a su madre, sabiendo que era por última vez. A su prima Rama y a su amiga Leyss, quienes con lágrimas en los ojos la estrecharon también contra sí. Y se volvió a Ekan, un desconocido que había arriesgado su prestigio y su vida por ellos. Laya no olvidaba cómo les había tratado ya en Lorr, y lo contrario que se había mostrado frente a las crueles órdenes que tenía que cumplir.
         —¿Qué será de vosotros —le interrogó con angustia—, de toda esta gente, de las ciudades…?
         —No te preocupes por eso —sonrió Ekan con valentía—, los buenos siempre caemos de pie, algo se nos ocurrirá. Pero vosotros huid ahora, rápido, mientras esteis a tiempo. Vosotros tenéis un futuro que a los demás nos ha sido negado. Presiento que el mañana se encuentra ahí afuera.
         La impulsó hacia arriba y la sujetó hasta verla bien agarrada.
         —Tal vez tus hijos, Laya —le habló por última vez—, o los hijos de sus hijos, regresen alguna vez y vean qué quedó de este mundo dónde vivió una de los suyos. Y al que pertenecerán en parte. Ojalá les sirva para algo bueno.
         Laya no lograba irse de una vez.
         —Pero…¿cómo marcharme y dejaros a merced de la muerte?
         —No sufras, mi pequeña —respondió esta vez Mervâ, su madre—. Aquí es donde pertenecemos y aquí hemos de quedarnos hasta el final. Y ahora, deprisa, vete de una vez a buscar tu destino.

En el interior de la Casa del Dios de la Roca Negra solo quedaban los sacerdotes y un puñado de muertos y heridos, que gemían entre dolores atroces. El dios parecía más poderoso a cada instante que pasaba, una nueva vida animaba sus facciones pétreas, dándoles el color y el calor de la apariencia humana. Ahora la estatua se movía. Muy levemente al principio, gestos o pequeñas variaciones en el espacio que se iban haciendo más pronunciadas y visibles. Su cabeza se volvió en ese momento, muy lentamente, hacia ellos. Sus ojos ardientes parecieron concentrarse en cada uno de los aterrados hombres que se encontraban ante él.
         —¿Qué dices ahora, hombrecillo? Pareces más humilde que hace un rato —el tono era maligno a la vez que jocoso—.
         »¿Quieres saber ahora la verdad?, ¿queréis todos saber lo que significaban mis palabras? —Tomando el silencio de todos por asentimiento, continuó—: Oh, voy a complaceros, no temáis. Voy a hablar ahora, porque ese es mi deseo; lo que he tenido que callar tanto tiempo merece ser escuchado. Aunque sea por seres inferiores y sin cabida en mi futuro, como vosotros.
         Ninguno de los testigos se atrevía a interrumpir la verborrea del dios, dándose cuenta de que, mientras su atención estaba fija sobre ellos, mientras constituían un objetivo para él, habían disminuido los seísmos y se habían parado los derrumbes y dejado de aparecer nuevas grietas.
         Que hablara, si ese era su deseo, que ellos solo podían hacer eso por los suyos: escuchar.
         —He dormido aquí el sueño de los siglos —la voz del dios era ahora pensativa y cargada de nostalgia, como cuando se habla de recuerdos largamente acariciados que uno sabe que no han de volver—. Llegué de un lugar, en otro mundo y otra dimensión, que se encuentra a años luz de este.
         »Escapaba de una batalla que sabía perdida, hasta reagrupar mis fuerzas y volver de nuevo a la carga, esta vez para vencer. Pero hubo un fallo de cálculo, un menudo e insignificante error en las coordenadas previstas que me trajo al lugar y el tiempo equivocados. En un punto bajo la corteza de la tierra donde aún nada era sólido del todo. Quedé atrapado en un mar de rocas fundidas y materia que se iba enfriando, aprisionado dentro de mi cubierta protectora. El calor no podía traspasarla y no podía dañarme, pero ya no pude salir de allí.
         »El tiempo me convirtió en piedra, incontables eones de frío y oscuridad tuvieron que pasar para ser lo que visteis por primera vez. Por eso os necesité entonces. Hice que bajarais aquí y me esculpierais una casa, y luego hice que construyerais un mundo entero y trajerais a los vuestros a vivir aquí, rodeándome y cuidando de mí y de mi hogar siglo tras siglo, generación tras generación, dándome un poco de vuestras vidas y vuestra energía, aguardando el momento de ser lo bastante fuerte de nuevo para romper mis cadenas y partir.
         »No quise ser demasiado ambicioso —continuó tras una pausa, como si tuviera que ordenar sus pensamientos para traducirlos sin error a un lenguaje comprensible para sus oyentes—, no tuve prisa. Podría haberos robado el alma de una vez, haberos secado el corazón y la sangre para llevar conmigo esas prendas y, como esclavos, arrojaros contra mis enemigos. Pero me conformé y tomé solo lo preciso...
         »Hasta hoy.
         Asuri soltó un involuntario suspiro que era casi alivio, y se dio cuenta entonces de que había estado conteniendo la respiración. «Que sea de una vez lo que tenga que ser», se dijo con impaciencia.
         Había ido viendo cada vez más claro adónde les conducía esto, y las intenciones del dios le resultaban harto evidentes ya. Bien, pues que acabara todo de una vez, pero que el enorme tirano de piedra dejara de aturdirlos con sus cuentos.
         —¿Y por qué hoy? —interrumpió apresuradamente Husser, preocupado por que la falta de reverencia de Asuri pudiera enfurecer al dios y hacer que enviara de nuevo su cólera contra su pueblo, destruyéndolo todo—. ¿Qué tiene el día de hoy de especial? —preguntó.
         —Hoy soy lo bastante fuerte, ya habéis visto mi poder. He dicho que os necesité una vez, a todo tu pueblo. Pero eso ha acabado, ahora soy un auténtico dios.
         —¿Y por qué entonces el castigo de Laya y el muchacho exterior, por qué era tan importante como para obligarnos a capturarla y traerla ante ti? —esta vez quien preguntaba era Issey, que había comprendido las intenciones de Husser y había decidido sumarse a sus esfuerzos.
         —No podía consentir la desobediencia —respondió con desprecio el dios—. Supe lo que pasaría: si la muchacha tenía éxito habría quienes querrían seguir sus pasos. Y eso no podía tolerarlo, entorpecía mis planes. Claro que esos eran ayer más ambiciosos que hoy. Os hubiera llevado conmigo, al menos a los elegidos, os habría convertido en mi ejército. Os habría conducido a la gloria y la inmortalidad, débiles criaturas.
         »Pero ya no, habéis osado despreciar mis dones y desobedecido mis mandatos. Ya no sois dignos de acompañarme en mi empresa.
         —Una última pregunta —dijo Narum como si tal cosa, con el tono sosegado de costumbre—, ¿por qué nos has retenido aquí, por qué nos cuentas ahora todo esto?
         —Porque necesito tomar vuestras vidas, las de todos vosotros, para volver por fin a casa.
         —¡No! —gritó Husser—, tómame a mí, que estoy perdido, pero déjalos con vida a ellos. No tiene por qué ser así, te hemos dado mucho, ¿es que nada te importa, es que tu corazón no conoce la piedad?
         El dios le contestó con una carcajada. La estatua negra se agitó y sus pies se desgajaron de la tierra. Los brazos hercúleos se agitaron en el aire y golpearon las paredes de la caverna. La cabeza coronada se inclinó sobre ellos.
         —Huid —gritó Husser—, salvad la vida.
         Se interpuso en la trayectoria del dios, como si su frágil figura fuera a ser capaz de detenerlo. Los ojos de piedra le taladraban el alma, buscando dentro de él la esencia que la criatura necesitaba. El techo comenzó a desplomarse sobre sus cabezas y la risa del dios volvió a hacerse oír, estruendosa y cruel, arrancando ecos de las paredes que caían.
         Asuri, Issey y Narum hicieron lo posible por abrir la puerta, que parecía sellada. Entonces Issey se acercó al Gran sacerdote, y se enfrentó con él al dios.
         —Narum, Asuri —dijo entonces—, ¡escapad! Salvad a los que podáis de los que aún viven. Mi lugar está aquí.
         Asuri miró a los ojos de Husser y la decisión que advirtió en ellos le obligó a desistir de cualquier intento de hacerle cambiar de idea. A los dos sacerdotes más ancianos se fueron uniendo algunos de los hombres y mujeres heridos que aún podían moverse, y que habían sido testigos de toda la escena. Se arrastraron como pudieron, se ayudaron unos a otros para llegar junto a los dos hombres santos y abrazarse a ellos. Las rocas que caían acabaron por aplastarlos a todos. Cayeron sobre muertos y vivos, hasta que no quedó más sonido que la respiración fatigosa de Asuri y de Narum, que no cejaban en su empeño por abrir una salida.
         Los ojos del dios bebieron la energía de los muertos, absorbiéndola y nutriéndose de ella. Narum se volvió un momento y se quedó en suspenso, sus ojos desencajados por el terror. El dios se acercaba a ellos. La figura de piedra se iba resquebrajando y deshaciendo con cada paso dado en su dirección, dejando salir haces de luz como explosiones cegadoras. La puerta seguía encajada. Pero entonces sintieron que, desde el otro lado, los que trataban de ayudarles habían conseguido hacer ceder siquiera un ápice la roca circular que sellaba la cámara. A la vez que lo que había sido el dios estallaba en pedazos, que se proyectaban en todas direcciones.
         Se protegieron como pudieron detrás de los cascotes tirados por el suelo, pero no pudieron evitar unos cuantos impactos, que les dejaron casi inconscientes, con los brazos, piernas y tórax salpicados de cortes y serias magulladuras. De la cáscara vacía en que había quedado convertida la estatua de la Roca Negra salió una criatura que fue cobrando forma ante sus ojos. Parecía algo mecánico, pero animado no obstante de vida propia, que crecía y crecía hasta ocupar casi la capacidad de la caverna.
         En ese preciso instante los de afuera lograron de una vez desbloquear la salida. Penetraron en tromba y entre gritos en la caverna y se hicieron cargo de los heridos. Uno de ellos era Marel, el ayudante de Ekan. Buscó a su alrededor hasta descubrir el cadáver de Issey, su apreciado maestro, sacerdote de Takl-in-Lorr.
         —¿Qué ha ocurrido, dónde están los demás? —gimió.
         —Muertos, todos muertos —contestó un tembloroso Asuri, el único de los sacerdotes que había logrado conservar la vida, tan conmocionado que apenas podía dar explicación cabal de lo ocurrido—. Han sido aniquilados por el dios.
         —Y… ¿Dónde se encuentra Él? —preguntó Marel con ansiedad, mientras miraba despavorido al lugar, ahora vacío, que siempre ocupara la estatua negra del coloso.
         Asuri iba a contestar cuando se vio interrumpido por una voz de mujer que les llamaba.
         —Salgamos de aquí —les apremió Menna, arrastrando un cuerpo tembloroso y sangrante hacia la salida—. No estamos seguros, en cualquier momento pueden caer más rocas.
         Marel y Asuri corrieron en su ayuda y traspusieron con ella el umbral. Asuri tan solo pudo echar una ojeada a lo que quedaba a sus espaldas, antes de abandonar para siempre la caverna. No había nada, solo muerte y destrucción. Se dio cuenta de que ni siquiera había llegado a ver del todo en qué se convertía la criatura. Solo sabía que, fuera lo que fuera, había logrado escabullirse hacia arriba, a la oscuridad de ese otro mundo del que había hablado.
         Instantes después de hallarse a salvo en la galería oscura, la caverna de la Roca Negra quedaba sepultada para siempre en el devastado corazón del Mundo Subterráneo.

Laya y Krom volvieron a la vida en mitad de una noche de luna. El joven exterior se sorprendió enormemente de que fuera ya oscurecido, su cuerpo no había percibido el paso del tiempo y se sintió desorientado.
         Le pareció que vivían en perpetua tiniebla; abajo solo había encontrado oscuridad, y ahora arriba sucedía lo mismo. Se preguntó en medio de la confusión que invadía su mente si de verdad habría un mañana para ellos, un amanecer vulgar que diera paso a un nuevo día. O quizá el mundo había cambiado por completo y ya solo habría helada noche para siempre. Pero no tenían tiempo para semejantes desvaríos, se recordó, sus vidas pendían de un hilo y tenían que ponerse a salvo.
         El suelo se sacudió entonces bajo sus pies y Laya y él, sujetos de la mano, echaron a correr. No tenían un propósito o dirección determinados, solo el instinto de supervivencia que les impulsaba a escapar una vez más. Krom se dijo que no lograría sentirse a salvo mientras no se supiera fuera del radio de acción de las ciudades interiores y su dios sanguinario.
         Después de recorrer a la carrera casi media legua se detuvieron jadeantes. Laya le abrazó un momento y, recobrado el aliento le dijo:
         —Debemos decidir cuál será nuestro próximo paso, ¿dónde iremos?
         La tierra se agitaba junto a ellos y horribles sonidos escapaban de las grietas que se abrían por doquier. Tampoco había tiempo para ser muy reflexivos, así que Krom decidió actuar cuanto antes. Ambos sabían que no había vuelta atrás. En aquella tierra no había nada para ellos, ni allí ni donde habían morado los suyos. No quedaba hogar al que volver, no existía. Y tampoco en otros clanes les darían cobijo, ya había visto bien cuál era la reacción que podían esperar Laya y él. Para los hombres libres, los Ojaras, como se llamaban a sí mismos, ella era el enemigo. Para los Subterráneos lo era en cambio él. Eran parias malditos que no tenían lugar que reclamar como propio.
         —Mi gente habla de un gran mar hacia el este —comenzó, inseguro, señalando un punto indeterminado hacia el levante—. Nadie de los míos lo ha visto; en la realidad, quiero decir, porque una vez los Soñadores lo contemplaron en sus visiones y luego nos hablaron de ello a toda la tribu, sin saber muy bien su significado.
         »Poco después apareció un viajero extranjero en el poblado, medio muerto de frío y hambre. Mi abuelo, que era entonces el Hechicero de la tribu, lo recogió y trató de hacer por él cuanto su ciencia conocía, sin ningún éxito, pues ya era tarde. El hombre expiró en sus brazos y antes de morir nos habló de aquel lugar, del gran agua azul llena de comida y conchas, que él llevaba colgando de su cuello y su ropa, como preciados abalorios. De los hielos del invierno y el sol y las flores en primavera… Y sus ojos brillaban de una manera como no había visto antes. Tal vez —concluyó Krom— ese sea un buen lugar para nosotros.
         Laya le miró dubitativa, sin atreverse a creer del todo que pudiera haber un sitio para ellos, después de tanto miedo y tanta huida. Pero la mirada dulce y esperanzada de Krom le impidió expresar su temor, y en cambio dijo:
         —Vayamos en busca de esa tierra entonces —solo por él estaba dispuesta a confiar en un mañana mejor. Tomó su mano y la llevó con afecto a su propio rostro, en un gesto que se había vuelto familiar para ellos—. Tal vez a sus gentes no les importe de qué pueblo somos ni cómo elegimos vivir.
         —Tendremos que recorrer un largo camino —dudó él aún—, y no sabemos de los peligros que nos aguardan. Además del sol y el aire —añadió con suavidad, acariciando la blanca piel de Laya—, que te lastimarían. No podremos avanzar durante el día, con lo que no imagino cuánto tiempo tardaremos en llegar.
         Sin decir nada, cogiéndole totalmente por sorpresa, Laya resolvió ese problema por su cuenta. No se detendrían por su causa, decidió. ¡Era tan fácil!, ¿cómo no se le había ocurrido antes?
         Agarró una de las prendas que les había dado Ekan, un liviano manto tejido en Lorr, y lo hizo tiras. Se las enrolló a modo de turbante a la cabeza, dejando tan solo sus ojos a la vista. Luego se envolvió las piernas y los brazos y, por último, se vendó las manos. Era el momento de los intentos desesperados o los remedios audaces.
         —Ya lo ves —exclamó triunfante, arrancando una involuntaria sonrisa del muchacho—, ahora puedo viajar siempre a tu lado.
         Krom se sintió conmovido y habló impulsado por una súbita premura:
         —Pues entonces, si así lo quieres, si me tomas por compañero, te juro que empeñaré mi vida, si hace falta, con tal de hallar un hogar para nosotros.
         Su anhelo era tan sincero, su compromiso tan firme, que Laya sintió sus ojos llenarse de lágrimas.
         —Ahora tú eres mi gente —replicó—, mi familia. Iré donde tú vayas, pase lo que pase.
         Krom la tomó de la mano, la besó fugazmente, y luego los dos volvieron a correr como el viento, para poner distancia entre ellos y el pasado. Para inventarse una nueva vida en un nuevo lugar.
         Lo que les esperaba, no podían saberlo. Pero, juntos, solo miraron hacia adelante. Hacia el gran mar, la esperanza, y el futuro incierto.

L. G. Morgan, Marzo 2014.


viernes, 6 de mayo de 2016

ÚTERO-Civilizaciones Olvidadas. L. G. Morgan

#13Capítulos13Semanas
CAPÍTULO XIII
Página 5

Ojos verdes

—Mi gente habla de un gran mar hacia el este —comenzó, inseguro, señalando un punto indeterminado hacia el levante—. Nadie de los míos lo ha visto; en la realidad, quiero decir, porque una vez los Soñadores lo contemplaron en sus visiones y luego nos hablaron de ello a toda la tribu, sin saber muy bien su significado.
         »Poco después apareció un viajero extranjero en el poblado, medio muerto de frío y hambre. Mi abuelo, que era entonces el Hechicero de la tribu, lo recogió y trató de hacer por él cuanto su ciencia conocía, sin ningún éxito, pues ya era tarde. El hombre expiró en sus brazos y antes de morir nos habló de aquel lugar, del gran agua azul llena de comida y conchas, que él llevaba colgando de su cuello y su ropa, como preciados abalorios. De los hielos del invierno y el sol y las flores en primavera… Y sus ojos brillaban de una manera como no había visto antes. Tal vez —concluyó Krom— ese sea un buen lugar para nosotros.
         Laya le miró dubitativa, sin atreverse a creer del todo que pudiera haber un sitio para ellos, después de tanto miedo y tanta huida. Pero la mirada dulce y esperanzada de Krom le impidió expresar su temor, y en cambio dijo:
         —Vayamos en busca de esa tierra entonces —solo por él estaba dispuesta a confiar en un mañana mejor. Tomó su mano y la llevó con afecto a su propio rostro, en un gesto que se había vuelto familiar para ellos—. Tal vez a sus gentes no les importe de qué pueblo somos ni cómo elegimos vivir.
         —Tendremos que recorrer un largo camino —dudó él aún—, y no sabemos de los peligros que nos aguardan. Además del sol y el aire —añadió con suavidad, acariciando la blanca piel de Laya—, que te lastimarían. No podremos avanzar durante el día, con lo que no imagino cuánto tiempo tardaremos en llegar.
         Sin decir nada, cogiéndole totalmente por sorpresa, Laya resolvió ese problema por su cuenta. No se detendrían por su causa, decidió. ¡Era tan fácil!, ¿cómo no se le había ocurrido antes?
         Agarró una de las prendas que les había dado Ekan, un liviano manto tejido en Lorr, y lo hizo tiras. Se las enrolló a modo de turbante a la cabeza, dejando tan solo sus ojos a la vista. Luego se envolvió las piernas y los brazos y, por último, se vendó las manos. Era el momento de los intentos desesperados o los remedios audaces.
         —Ya lo ves —exclamó triunfante, arrancando una involuntaria sonrisa del muchacho—, ahora puedo viajar siempre a tu lado.
         Krom se sintió conmovido y habló impulsado por una súbita premura:
         —Pues entonces, si así lo quieres, si me tomas por compañero, te juro que empeñaré mi vida, si hace falta, con tal de hallar un hogar para nosotros.
         Su anhelo era tan sincero, su compromiso tan firme, que Laya sintió sus ojos llenarse de lágrimas.
         —Ahora tú eres mi gente —replicó—, mi familia. Iré donde tú vayas, pase lo que pase.
         Krom la tomó de la mano, la besó fugazmente, y luego los dos volvieron a correr como el viento, para poner distancia entre ellos y el pasado. Para inventarse una nueva vida en un nuevo lugar.
         Lo que les esperaba, no podían saberlo. Pero, juntos, solo miraron hacia adelante. Hacia el gran mar, la esperanza, y el futuro incierto.

L. G. Morgan, Marzo 2014.




jueves, 5 de mayo de 2016

ÚTERO-Civilizaciones Olvidadas. L. G. Morgan

#13Capítulos13Semanas
CAPÍTULO XIII
Página 4

Útero-starry night

En ese preciso instante los de afuera lograron de una vez desbloquear la salida. Penetraron en tromba y entre gritos en la caverna y se hicieron cargo de los heridos. Uno de ellos era Marel, el ayudante de Ekan. Buscó a su alrededor hasta descubrir el cadáver de Issey, su apreciado maestro, sacerdote de Takl-in-Lorr.
         —¿Qué ha ocurrido, dónde están los demás? —gimió.
         —Muertos, todos muertos —contestó un tembloroso Asuri, el único de los sacerdotes que había logrado conservar la vida, tan conmocionado que apenas podía dar explicación cabal de lo ocurrido—. Han sido aniquilados por el dios.
         —Y… ¿Dónde se encuentra Él? —preguntó Marel con ansiedad, mientras miraba despavorido al lugar, ahora vacío, que siempre ocupara la estatua negra del coloso.
         Asuri iba a contestar cuando se vio interrumpido por una voz de mujer que les llamaba.
         —Salgamos de aquí —les apremió Menna, arrastrando un cuerpo tembloroso y sangrante hacia la salida—. No estamos seguros, en cualquier momento pueden caer más rocas.
         Marel y Asuri corrieron en su ayuda y traspusieron con ella el umbral. Asuri tan solo pudo echar una ojeada a lo que quedaba a sus espaldas, antes de abandonar para siempre la caverna. No había nada, solo muerte y destrucción. Se dio cuenta de que ni siquiera había llegado a ver del todo en qué se convertía la criatura. Solo sabía que, fuera lo que fuera, había logrado escabullirse hacia arriba, a la oscuridad de ese otro mundo del que había hablado.
         Instantes después de hallarse a salvo en la galería oscura, la caverna de la Roca Negra quedaba sepultada para siempre en el devastado corazón del Mundo Subterráneo.

Laya y Krom volvieron a la vida en mitad de una noche de luna. El joven exterior se sorprendió enormemente de que fuera ya oscurecido, su cuerpo no había percibido el paso del tiempo y se sintió desorientado.
         Le pareció que vivían en perpetua tiniebla; abajo solo había encontrado oscuridad, y ahora arriba sucedía lo mismo. Se preguntó en medio de la confusión que invadía su mente si de verdad habría un mañana para ellos, un amanecer vulgar que diera paso a un nuevo día. O quizá el mundo había cambiado por completo y ya solo habría helada noche para siempre. Pero no tenían tiempo para semejantes desvaríos, se recordó, sus vidas pendían de un hilo y tenían que ponerse a salvo.
         El suelo se sacudió entonces bajo sus pies y Laya y él, sujetos de la mano, echaron a correr. No tenían un propósito o dirección determinados, solo el instinto de supervivencia que les impulsaba a escapar una vez más. Krom se dijo que no lograría sentirse a salvo mientras no se supiera fuera del radio de acción de las ciudades interiores y su dios sanguinario.
         Después de recorrer a la carrera casi media legua se detuvieron jadeantes. Laya le abrazó un momento y, recobrado el aliento le dijo:
         —Debemos decidir cuál será nuestro próximo paso, ¿dónde iremos?
         La tierra se agitaba junto a ellos y horribles sonidos escapaban de las grietas que se abrían por doquier. Tampoco había tiempo para ser muy reflexivos, así que Krom decidió actuar cuanto antes. Ambos sabían que no había vuelta atrás. En aquella tierra no había nada para ellos, ni allí ni donde habían morado los suyos. No quedaba hogar al que volver, no existía. Y tampoco en otros clanes les darían cobijo, ya había visto bien cuál era la reacción que podían esperar Laya y él. Para los hombres libres, los Ojaras, como se llamaban a sí mismos, ella era el enemigo. Para los Subterráneos lo era en cambio él. Eran parias malditos que no tenían lugar que reclamar como propio.


miércoles, 4 de mayo de 2016

ÚTERO-Civilizaciones Olvidadas. L. G. Morgan

#13Capítulos13Semanas
CAPÍTULO XIII
Página 3

Shiva

—No podía consentir la desobediencia —respondió con desprecio el dios—. Supe lo que pasaría: si la muchacha tenía éxito habría quienes querrían seguir sus pasos. Y eso no podía tolerarlo, entorpecía mis planes. Claro que esos eran ayer más ambiciosos que hoy. Os hubiera llevado conmigo, al menos a los elegidos, os habría convertido en mi ejército. Os habría conducido a la gloria y la inmortalidad, débiles criaturas.
         »Pero ya no, habéis osado despreciar mis dones y desobedecido mis mandatos. Ya no sois dignos de acompañarme en mi empresa.
         —Una última pregunta —dijo Narum como si tal cosa, con el tono sosegado de costumbre—, ¿por qué nos has retenido aquí, por qué nos cuentas ahora todo esto?
         —Porque necesito tomar vuestras vidas, las de todos vosotros, para volver por fin a casa.
         —¡No! —gritó Husser—, tómame a mí, que estoy perdido, pero déjalos con vida a ellos. No tiene por qué ser así, te hemos dado mucho, ¿es que nada te importa, es que tu corazón no conoce la piedad?
         El dios le contestó con una carcajada. La estatua negra se agitó y sus pies se desgajaron de la tierra. Los brazos hercúleos se agitaron en el aire y golpearon las paredes de la caverna. La cabeza coronada se inclinó sobre ellos.
         —Huid —gritó Husser—, salvad la vida.
         Se interpuso en la trayectoria del dios, como si su frágil figura fuera a ser capaz de detenerlo. Los ojos de piedra le taladraban el alma, buscando dentro de él la esencia que la criatura necesitaba. El techo comenzó a desplomarse sobre sus cabezas y la risa del dios volvió a hacerse oír, estruendosa y cruel, arrancando ecos de las paredes que caían.
         Asuri, Issey y Narum hicieron lo posible por abrir la puerta, que parecía sellada. Entonces Issey se acercó al Gran sacerdote, y se enfrentó con él al dios.
         —Narum, Asuri —dijo entonces—, ¡escapad! Salvad a los que podáis de los que aún viven. Mi lugar está aquí.
         Asuri miró a los ojos de Husser y la decisión que advirtió en ellos le obligó a desistir de cualquier intento de hacerle cambiar de idea. A los dos sacerdotes más ancianos se fueron uniendo algunos de los hombres y mujeres heridos que aún podían moverse, y que habían sido testigos de toda la escena. Se arrastraron como pudieron, se ayudaron unos a otros para llegar junto a los dos hombres santos y abrazarse a ellos. Las rocas que caían acabaron por aplastarlos a todos. Cayeron sobre muertos y vivos, hasta que no quedó más sonido que la respiración fatigosa de Asuri y de Narum, que no cejaban en su empeño por abrir una salida.
         Los ojos del dios bebieron la energía de los muertos, absorbiéndola y nutriéndose de ella. Narum se volvió un momento y se quedó en suspenso, sus ojos desencajados por el terror. El dios se acercaba a ellos. La figura de piedra se iba resquebrajando y deshaciendo con cada paso dado en su dirección, dejando salir haces de luz como explosiones cegadoras. La puerta seguía encajada. Pero entonces sintieron que, desde el otro lado, los que trataban de ayudarles habían conseguido hacer ceder siquiera un ápice la roca circular que sellaba la cámara. A la vez que lo que había sido el dios estallaba en pedazos, que se proyectaban en todas direcciones.
         Se protegieron como pudieron detrás de los cascotes tirados por el suelo, pero no pudieron evitar unos cuantos impactos, que les dejaron casi inconscientes, con los brazos, piernas y tórax salpicados de cortes y serias magulladuras. De la cáscara vacía en que había quedado convertida la estatua de la Roca Negra salió una criatura que fue cobrando forma ante sus ojos. Parecía algo mecánico, pero animado no obstante de vida propia, que crecía y crecía hasta ocupar casi la capacidad de la caverna.


martes, 3 de mayo de 2016

ÚTERO-Civilizaciones Olvidadas. L. G. Morgan

#13Capítulos13Semanas
CAPÍTULO XIII
Página 2

Peter Bergting
Peter Bergting

Ninguno de los testigos se atrevía a interrumpir la verborrea del dios, dándose cuenta de que, mientras su atención estaba fija sobre ellos, mientras constituían un objetivo para él, habían disminuido los seísmos y se habían parado los derrumbes y dejado de aparecer nuevas grietas.
         Que hablara, si ese era su deseo, que ellos solo podían hacer eso por los suyos: escuchar.
         —He dormido aquí el sueño de los siglos —la voz del dios era ahora pensativa y cargada de nostalgia, como cuando se habla de recuerdos largamente acariciados que uno sabe que no han de volver—. Llegué de un lugar, en otro mundo y otra dimensión, que se encuentra a años luz de este.
         »Escapaba de una batalla que sabía perdida, hasta reagrupar mis fuerzas y volver de nuevo a la carga, esta vez para vencer. Pero hubo un fallo de cálculo, un menudo e insignificante error en las coordenadas previstas que me trajo al lugar y el tiempo equivocados. En un punto bajo la corteza de la tierra donde aún nada era sólido del todo. Quedé atrapado en un mar de rocas fundidas y materia que se iba enfriando, aprisionado dentro de mi cubierta protectora. El calor no podía traspasarla y no podía dañarme, pero ya no pude salir de allí.
         »El tiempo me convirtió en piedra, incontables eones de frío y oscuridad tuvieron que pasar para ser lo que visteis por primera vez. Por eso os necesité entonces. Hice que bajarais aquí y me esculpierais una casa, y luego hice que construyerais un mundo entero y trajerais a los vuestros a vivir aquí, rodeándome y cuidando de mí y de mi hogar siglo tras siglo, generación tras generación, dándome un poco de vuestras vidas y vuestra energía, aguardando el momento de ser lo bastante fuerte de nuevo para romper mis cadenas y partir.
         »No quise ser demasiado ambicioso —continuó tras una pausa, como si tuviera que ordenar sus pensamientos para traducirlos sin error a un lenguaje comprensible para sus oyentes—, no tuve prisa. Podría haberos robado el alma de una vez, haberos secado el corazón y la sangre para llevar conmigo esas prendas y, como esclavos, arrojaros contra mis enemigos. Pero me conformé y tomé solo lo preciso...
         »Hasta hoy.
         Asuri soltó un involuntario suspiro que era casi alivio, y se dio cuenta entonces de que había estado conteniendo la respiración. «Que sea de una vez lo que tenga que ser», se dijo con impaciencia. Había ido viendo cada vez más claro adónde les conducía esto, y las intenciones del dios le resultaban harto evidentes ya. Bien, pues que acabara todo de una vez, pero que el enorme tirano de piedra dejara de aturdirlos con sus cuentos.
         —¿Y por qué hoy? —interrumpió apresuradamente Husser, preocupado por que la falta de reverencia de Asuri pudiera enfurecer al dios y hacer que enviara de nuevo su cólera contra su pueblo, destruyéndolo todo—. ¿Qué tiene el día de hoy de especial? —preguntó.
         —Hoy soy lo bastante fuerte, ya habéis visto mi poder. He dicho que os necesité una vez, a todo tu pueblo. Pero eso ha acabado, ahora soy un auténtico dios.
         —¿Y por qué entonces el castigo de Laya y el muchacho exterior, por qué era tan importante como para obligarnos a capturarla y traerla ante ti? —esta vez quien preguntaba era Issey, que había comprendido las intenciones de Husser y había decidido sumarse a sus esfuerzos.