CAPÍTULO VIII
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Empezaron los gritos, gente confusa y aterrada que se arrastraba al exterior, huyendo del fuego. Los hombres de Takl-isten-Fao los esperaban. Sin asomo de piedad fueron segando sus vidas, con la seguridad inquebrantable de estar luchando por su supervivencia y la de su pueblo. La agonía de aquellos otros extraños les parecía un precio inevitable. Y así acabaron con el Clan entero, en la mayor y más cruel matanza que hubiera conocido esa edad. No hubo piedad, solo el olvido.
En Takl-in-Maku, la ciudad que fuera el hogar de Laya Mervânie, se recibieron las noticias al amanecer. El Comunicador de Takl-isten-Fao fue requerido una vez más y, al borde de sus fuerzas y en el límite de su cordura, consiguió hacer llegar la funesta noticia. La fugitiva Laya había logrado eludir una vez más la captura, escapando, según parecía, hacia el norte frío y lejano, acompañada por el joven guerrero exterior que ya antes la había ayudado.
Ahora solo quedaba una ciudad subterránea que pudiera encontrarla, Takl-in-Lorr, en el Norte; el resto quedaba fuera de la órbita de su ruta probable. Así que habría que advertirles para que redoblaran su vigilancia y, saltándose la costumbre ancestral, abandonaran su hogar y salieran en busca de los peligrosos prófugos… De noche o de día. Las pestes del aire y la luz solar eran temibles enemigos, pero tendrían que hallar la manera de vencerlos, porque lo que estaba en juego era demasiado vital.
De nuevo se cruzaron mensajes y se enviaron decretos incuestionables. El consejo de ancianos de Takl-in-Lorr fue reunido con carácter de urgencia y se diseñó una nueva estrategia.
Después de que el sumo sacerdote, el venerable Issey, hiciera repetir ante ellos al Comunicador de Lorr las órdenes recibidas, la incertidumbre y la angustia se extendieron entre ellos como un fuego mal contenido.
Cuando acabó la exposición todos se volvieron de forma tácita hacia Ekan Valíe, quien, sin ser oficialmente su líder, solía tener respuesta para casi todo y ejercía en la práctica como tal.
Ekan era el Jefe de Reparadores de la ciudad, un individuo ingenioso y afable y el claro favorito, además, de las visitantes de la Casa de los Hijos, lo que le daba cierto prestigio. Fuera o no verdad, por la urbe subterránea se había extendido la leyenda de que su simiente era por demás productiva. Muchos niños de la ciudad reproducían sus rasgos armoniosos y su pelo del color del oro viejo.

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