CAPÍTULO IX
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Gerard Butler interpretando el papel de Ekan Valíe,
Jefe de Reparadores de Takl-in-Lorr
Krom le indicó a la chica por gestos lo que tenía que hacer. Tranquilidad, había que respirar despacio y mantenerse tan inmóviles como si hubieran muerto. Sus latidos se fueron haciendo más lentos, la respiración totalmente silenciosa y más superficial, turbando apenas la quietud de sus pechos.
Esa especie de muerte en vida era algo que los guerreros del pueblo de Krom se entrenaban toda la vida para conseguir. El muchacho había llegado a dominar la técnica y ahora Laya, en un solo intento, demostró ser una alumna aventajada.
Los perseguidores se alejaron después de un rato, para seguir buscando en cada rincón del bosque hasta sus límites. Poco a poco los ruidos que delataban su presencia se fueron extinguiendo, y Laya y Krom se permitieron una mínima relajación en la tensión que soportaban.
Pasaron las horas de la noche entre las estrechas paredes de roca. No se atrevieron a abandonar su escondite hasta que el amanecer les proporcionó una tregua. Estaban a salvo de momento. Lentamente, retornaron a la vida. Se miraron fijamente, con la desesperación pintada en sus ojos, esbozando sin palabras las preocupaciones que les desgarraban. Qué hacer, a dónde ir. Lo que resultaba evidente es que tenían que seguir alejándose en aquella dirección.
—Vamos —dijo Krom—, salgamos y entremos en calor. Será mejor andar un poco para desentumecernos.
Salieron a la tibia luz de una mañana gris. Dieron unos cuantos pasos… Y se vieron apresados por algún tipo de red que les caía por encima. Las cuerdas se tensaron, dejándolos inmovilizados por completo. Entonces, una maza descendió contundente desde algún punto a la espalda de Krom, y lo último que pudo oír fue el grito de Laya mientras todo se volvía oscuridad para él.
Después, unas manos ansiosas se apoderaron de la muchacha y los rostros embozados de su gente se volvieron en señal de repulsa, evitando su mirada para decirle que habían cesado sus derechos y que ya no era una de los suyos. Solo unos ojos tranquilos, azul pálido, enmarcados por una cabellera castaña y alborotada, descansaron en los suyos Lo que Laya leyó en ellos le devolvió de algún modo un atisbo de esperanza. Ekan Valíe sería justo en cualquier caso, y más que eso, sería capaz de tomar decisiones por sí mismo, incluso las menos frecuentes y las más difíciles.
—Matémosle —gruñó entonces Donsú Valíe, hermano de Ekan pero tan diferente a él como puedan serlo dos hombres, refiriéndose al desvanecido Krom—. No nos sirve de nada y no será sino un obstáculo en nuestra marcha.
—¡No! —gritó Laya, luchando como una leona por librarse de la presa que la sometía, para interponerse entre Krom y su agresor. Al no conseguirlo, se volvió a Ekan por instinto, sabiendo que allí podía estar su único aliado—: Por favor, no le matéis, él no os ha hecho nada. Solo es culpable de ayudarme a mí, pero no sabe nada de vosotros ni sería capaz de encontraros o perjudicaros de ninguna manera.
—¡Que «solo» es culpable de ayudarte! —se burló Donsú—, pero es que eso, precisamente, lo hace enemigo nuestro, ¿no lo ves? Si le dejamos aquí con vida no hará sino seguirnos y tal vez acudir a los suyos y lanzarlos contra nuestro hogar.
—Además de que es solo un asqueroso exterior —escupió con desprecio Rina, una de las mujeres
Recolectoras—. ¿A qué tantas dudas?
Ekan meditó un momento sobre la cuestión.
—Donsú tiene razón —dijo al fin—, aquí no puede quedarse. Pero me repugna matar a un inocente, no quiero esa decisión sobre mí. Le llevaremos a Takl-in-Lorr y que decidan otros más sabios.
Laya volvió a respirar por fin con cierto alivio, del todo consciente de que la vida de su amigo había pendido de un hilo, y que solo los escrúpulos del Jefe Valíe habían inclinado la balanza a su favor.

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