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martes, 5 de abril de 2016

ÚTERO-Civilizaciones Olvidadas. L. G. Morgan

#13Capítulos13Semanas
CAPÍTULO IX
Página 2

Krom cazador
Krom cazador

La muchacha asintió en silencio, tragándose las lágrimas que pugnaban por escapar de sus ojos. Sabía que tenía razón. Se obligó a ser fuerte, a luchar un poco más.
         Las horas siguientes fueron un angustioso avance contra el tiempo, una lucha por escapar del incierto territorio minado por las ciudades subterráneas. «Hasta que no dejemos atrás su poder, no habrá posibilidades para nosotros», afirmó para sí la muchacha. Eso recrudeció su decisión: con un objetivo concreto era más fácil seguir caminando a pesar del agotamiento; teniendo presente que el radio de acción del Mundo Subterráneo tenía que acabar en algún punto se podía albergar alguna esperanza.
         Y así cubrieron tanta distancia como les permitieron sus fuerzas.

Vislumbraban ya el final del bosque, la parte donde los árboles empezaban a ralear, aisladas siluetas oscuras contra el cielo cada vez más negro, cuando Krom sintió algo que le hizo detenerse de golpe y escudriñar ansiosamente alrededor. Había vuelto a sucederle, su instinto, agudizado por años de entrenamiento, le avisaba del peligro aun antes de que su mente pudiera interpretarlo.
         Un silencio extraño se había apoderado del bosque. Eso era. Krom era un cazador. Su supervivencia dependía de cosas tales como saber interpretar los sonidos y su ausencia, atender a los olores o confiar ciegamente en las intuiciones que le sobrevenían sin previo aviso. No era capaz de ver en la oscuridad como Laya, pero conocía los senderos del bosque y las trampas de la maleza mejor que las líneas de su propia mano.
         Se llevó un dedo a los labios y luego cogió con fuerza la mano de la mujer. La llevó corriendo entre la intrincada maleza, en silencio, dibujando zigzags como si fueran un par de culebras sinuosas de vuelta a la hondura de la fronda, parándose de vez en cuando a escuchar con el corazón desbocado.
         Algo les perseguía. Y sospechaba que no eran los suyos, los cazadores de Triam, pequeños aunque indefinidos indicios así se lo hacían saber.

Condujo a Laya hasta una abertura entre unas piedras, en la hondura benéfica del bosque, alejados del itinerario previsto. Era un refugio perfecto para acechar cualquier pieza. Quedaron totalmente ocultos de la vista. Inmóviles, pasarían desapercibidos incluso para los animales salvajes. O eso esperaba Krom, rezando a los dioses por primera vez en su vida.
         Por las explicaciones recibidas de Laya, se imaginaba que los nuevos perseguidores tenía que venir de alguna ciudad cercana, lo que significaba que, tal vez en ese mismo momento estuvieran pisando la cima de una de aquellas misteriosas urbes enterradas. Eso le producía una aversión difícil de entender.
         De pronto, Krom le tapó la boca a Laya con su mano, había oído algo cerca. Permanecieron en angustiosa tensión unos minutos. El sonido de carreras y jadeos se aproximó en la oscuridad. Los Recolectores llegaron muy cerca, y se quedaron escudriñando la espesura, prestos a capturarles. Por algún motivo parecieron detenerse justo a un tiro de piedra de su escondrijo, como si algo en los alrededores hubiera llamado su atención y estuvieran estudiando atentamente cada arbusto y cada piedra, árbol o sombra.

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martes, 29 de marzo de 2016

ÚTERO-Civilizaciones Olvidadas. L. G. Morgan

#13Capítulos13Semanas
CAPÍTULO VIII
Página 2

The Gyntal Ridge-korbox-Kentaro Kanamoto

The Gyntal Ridge - Kentaro Kanamoto

Fueron seleccionados cien hombres, y armados convenientemente. Los Recolectores les guiaron a través del llano hasta más allá de la colina que cobijaba el Poblado. Los gañidos de los perros hicieron palpitar la noche, y algún llanto infantil o algún murmullo proferido en sueños. Pero nadie salió de las tiendas a enfrentarse con ellos.
         A pesar de que el poblado tenía cierta extensión, resultaba abarcable de un solo vistazo desde la posición que ocupaban los hombres de Fao, algo más elevada que la planicie donde se alzaban las tiendas. Más o menos en el centro se hallaba la única construcción de piedra, una estructura oblonga con tejado de pizarra. Casi ninguno de aquellos hombres interiores había visto nunca un asentamiento como aquel. Solo conocían la vida bajo la tierra, el tipo de ciudad y de organización donde vivían los suyos desde hacía generaciones. Pero en aquellos momentos la cólera del dios resultaba para ellos más temible que cualquier amenaza que pudieran suponer aquellos seres desconocidos, así que dejaron de lado la extrañeza o el miedo y obedecieron sin rechistar lo que ordenaban sus Jefes.

Dando por hecho que aquella casa de piedra era el lugar común y que, en buena lógica, allí tenía que haber sido conducida la prisionera, una partida de hombres, los más experimentados entre ellos, se adentró hasta los alrededores de la casa en silencio, para cubrir todo su perímetro tratando de hallar la entrada. Mientras, el resto de la hueste de Takl-isten-Fao ocupó posiciones estratégicas en el poblado, quedándose de vigilancia para evitar cualquier sorpresa.
         La puerta estaba abierta a medias. Dos de los hombres se abalanzaron adentro y comprobaron que la gran casa estaba vacía y que los últimos rescoldos se extinguían en el hogar. Unas cadenas rotas les hicieron saber que la prisionera había escapado o había sido liberada por alguien. Daba igual, era una catástrofe en ambos casos.
         Volvieron a la noche y se lo contaron a sus Jefes. La búsqueda de la muchacha no había concluido, pero tal vez fuera tarde para ellos en ese aspecto. Lo que estaba en su mano era borrar cualquier vestigio de su paso por allí, reducir a cenizas el poblado y eliminar así el recuerdo de que existía un mundo bajo la tierra, y unos hombres que vivían en la oscuridad.

Unas pocas palabras bastaron para transmitir las consignas necesarias. Los hombres se distribuyeron por todas partes y se repartieron entre ellos teas suficientes para su cometido. A un mismo tiempo, se encendieron las llamas y entonces empezó la carnicería. El fuego se extendió por lonas y cuero como ávidas lenguas, que en pocos instantes levantaron al cielo sus brazos naranjas y oscilantes, hasta ennegrecer aún más la noche.

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